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es una casa gigante, llena de laberintos, corredores y puertas. Todas abiertas, pero al ser un laberinto intrincadísimo, Nunca ha podido salir de ahi, llegando incluso a disfrutar de su soledad. La esencia del cuento radica en describir, por primera vez desde el punto de vista del minotauro, su vida desgraciada y bastarda, envuelta en sus propias tribulaciones ya que la historia, según la mitología es como sigue:

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Minotauro: (mitología) Zeus le regaló al rey de Creta, Minos, un bellísimo toro blanco para ser sacrificado en honor a Poseidón. El toro era tan hermoso que Minos se lo quedó, sacrificando otro toro al dios del océano esperando que éste no se diera cuenta. Poseidón, notó la diferencia y se llenó de ira. Como castigo a Minos, el dios hechizó a Pasifae, la esposa del rey, e hizo que ella se enamorara del toro blanco. Pasifae intentó entonces seducir al toro de diversas formas, pero ninguna dio resultado, por lo que ella decidió pedirle ayuda a Dédalo, el arquitecto más hábil de Creta. Dédalo construyó entonces una vaca de madera, hueca, de forma que Pasifae pudiera esconderse en su interior. La reina regresó disfrazada a donde el toro, y éste, confundido por la perfección del disfraz, la montó. El resultado de la unión de Pasifae con el toro fue Asterion, el Minotauro.

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El Minotauro sólo comía carne humana, y conforme crecía se volvía más salvaje. Cuando la criatura se hizo incontrolable, Minos ordenó a Dédalo construir una jaula gigantesca de la cual el Minotauro no pudiera escapar. Dédalo entonces construyó el laberinto, una estructura gigantesca compuesta por cantidades incontables de pasillos que iban en distintas direcciones, entrecruzándose entre ellos, de los cuales sólo uno conducía al centro de la estructura, donde el Minotauro fue abandonado.

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Cuando el heredero de Minos, Androgeo, fue asesinado en Atenas después de una competición olímpica donde quedó campeón, el rey de Creta declaró la guerra a los atenienses y a su rey, Egeo. Minos venció en la guerra, y asedió Atenas, liberándola después de imponerle un duro castigo a sus habitantes: siete jóvenes y siete doncellas vírgenes debían ser entregados como sacrifico al minotauro cada año. Los 14 jóvenes eran internados en el laberinto, donde vagaban perdidos durante días hasta encontrarse con la bestia, sirviéndole de alimento. Años después de impuesto el castigo a los atenienses, Teseo, hijo de Egeo, llegó a Atenas. Cuando se enteró del sacrificio de los jóvenes, Teseo se embarcó él mismo como parte de la ofrenda, dispuesto a matar a la bestia y así liberar a su patria de Minos y su condena.

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Al llegar a Creta, los jóvenes fueron presentados a Minos. Teseo conoció entonces a Ariadna, hija del rey, quien se enamoró de él. La princesa rogó a Teseo que se abstuviera de luchar con el Minotauro, pues eso le llevaría a una muerte segura, pero Teseo la convenció de que él podía vencerlo. Ariadna, viendo la valentía del joven, se dispuso a ayudarlo, e ideó un plan que ayudara a Teseo a encontrar la salida del laberinto en caso de que derrotara a la bestia. El día de la ejecución, Minos ordenó a los 14 jóvenes que entraran en el laberinto. Ariadna entonces le entregó a Teseo una punta de un hilo muy largo, y le dijo que por ningún motivo lo soltara mientras estuviera dentro del laberinto. Ella sostenía la otra punta del hilo, y gracias a eso, Teseo podía seguir el hilo de vuelta a la entrada del laberinto. El héroe y los demás jóvenes entraron al laberinto, y después de varias horas de caminar por éste se encontraron con el Minotauro. Teseo luchó contra él desarmado, pues el rey no le permitió llevar consigo sus armas, y lo derrotó. Para salir del laberinto, Teseo siguió de vuelta el hilo que Ariadna le había dado, y así guió hasta la salida a los demás jóvenes.

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Por otro lado, tenemos a Fred Astaire, (Omaha, Nebraska, 10 de mayo de 1899 - Los ángeles, California, 22 de junio de 1987), fue un actor, cantante, coreógrafo y bailarín de teatro y cine estadounidense. Su carrera teatral y su posterior carrera en el cine abarcó un total de setenta y seis años, durante los que rodó 31 películas musicales. Está particularmente asociado con Ginger Rogers, con quien hizo diez películas que revolucionaron el género. Fred Astaire ha sido una de las influencias mas reconocibles en Michael Jackson específicamente en el vestuario y tambien en varias coreografías.

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Como ícono pop, tiene muchos elementos que le distinguen, tales como su sombrero, su bastón y sus zapatos de claqué. Fred Astaire es símbolo de la musica encerrado en este laberinto, en la soledad, como si la sociedad lo hubiese encerrado por ser una bestia (ser distinto a los demás, un bicho raro) Balanchine y Nureyev le consideraron el mejor bailarín del siglo XX, y está generalmente reconocido como uno de los bailarines más influyentes en la historia de los musicales de cine y televisión. Fue nombrado la quinta "Mejor estrella masculina de todos los tiempos" por el American Film Institute.1

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La casa de Astaire [Cuento. Texto completo.modificación al texto de Borges] Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión. Apolodoro: Biblioteca, III,I Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y mujeres. Que entre el que quiera. No hallará un solo piano, ni un cuaderno donde anotar nada, pero sí la quietud y la soledad.

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Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa, nada que envidiarle al Ritz. Otra especie ridícula es que yo, Astaire, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado algún escenario; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras del público, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y la multitud acercándose dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

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El hecho es que soy único. Ya no me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; pienso que ya nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; para lo imperecedero. La diferencia entre una letra y otra, entre una melodía y otra, ahora me da igual. Cierta impaciencia generosa ha consentido que olvide cómo leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

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Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra, evocando viejas coreografías hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. O a que me aplauden. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Astaire. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en donde solía ensayar o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

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No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un estudio; son catorce (son infinitos) los estudios, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto un gran teatro con vista al mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los teatros.

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Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Astaire. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra tarareando alguna melodía olvidada y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo.

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Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo? El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. -¿Lo creerás, Ginger? -dijo Gene-. El minotauro apenas se defendió.